21 nov. 2015

EL BUEN SALVAJE

                                                                      
Izo el foque para maniobrar entre los estrechos pasadizos de coral. En mi velero la movilidad pertenece al reino de Eolo, de él dimana su fuerza  motriz.

Cuanta sensibilidad desarrollada en el oído para sentir al voluble viento, en el tacto para saber los ajustes en las escotas y cazar adecuadamente a las velas. Mar, viento y navegante son uno solo.

El agua esta tan transparente que me permite sortear visualmente y con tiempo los filosos corales, al punto de  poder ver entrar y salir de sus oquedades a los pulpos, las inmensas y tenebrosas morenas y un jardín de antenas moviéndose para percibir el menor peligro, son las famosas langostas de este atolón, que casi prístino les permite crecer por encima de la media de otros grandes arrecifes.

Les confieso mi atracción por estos hermosos y prehistóricos crustáceos  las cuales he pescado desde mi adolescencia a pulmón libre y con las manos, sin usar instrumentos para su captura. Es apasionante primero encontrarlas bien protegidas en cubiles con corales de fuego en la entrada que son sumamente urticantes  y armar posteriormente la estrategia para tomarla por la cola, revisando salidas alternativas que ella ha seleccionado con el fin de tener  para la huida en retaguardia.

Fondeado en el medio de la laguna de coral de arena que parece avena, el barco proyecta su sombra sobre el fondo. Cuanta quietud y paz en el alma.

Cae el sol y ya la fogata chisporrotea  al quemar los leños, sobre estos, en una improvisada  parrillera las langostas se cocinan vivas y de un color pardo pasan a ser rubíes incandescentes,  provocando movimientos involuntarios de la glotis que reflejan el deseo de devorar la carne más exquisita del mar.

Ahíto desde mi hamaca miro sin curiosidad  a Casiopea que con nitidez regenta esa noche la bóveda celeste. Y me pregunto ¿dónde  y cuándo dejé de ser feliz,  si siempre tuve esto que hoy revivo como si fuese la primera vez?

Juan David Porras Santana