21 jun. 2015

URDIENDO MI SACRÍLEGA ALMA


                                                 
Siempre en ti alondra, mi palabra se detiene cegadora. Mis pecados están cojos nunca doy el paso completo.

Diferendo entre mi aurora y tu alba. Discernimiento que me extrapola a los confines de las islas más remotas, sólo en ellas vuelvo a necesitar del estrépito de la urbe y la compañía de los ajenos.

Soy un viejo y un poeta novel que aun mismo tiempo, uno utiliza al otro con fines inconfesables.

Me rajo y me envalentono con la facilidad de un bostezo, esmerada magulladura en mi espalda. 

Prendó en mí,  la planta más antigua, tanto que vio las guerras de Atila y sus bárbaros y repta conmigo cuando caminado por la orilla del mar vemos los delfines juguetear con las inmensas olas esmeraldas.

Vengo de un origen incierto posiblemente de los últimos nómadas, puedo describir lugares con la exactitud de un  cartógrafo. Aun sí todo lo añoro y lo atesoro. Con un cincel y mucha paciencia esculpo a la tierra, la hago que parezca más inhóspita, a veces no soporto la calidez con que recibe a mis desplantes y a la más absoluta indiferencia.

Cuantas de mis criaturas he abandonado por la tristeza que me acompaña, andando las he creado y al poco tiempo desechado. Soy el solo. El gran masturbador de la realidad insoportable que agradable hacerlo con mis portentosas imágenes.

¡Oh mi gran soledad que me consume y me obsequia tantas penurias y desmadres! Tantos que he abandonado y legiones que me olvidaron. Soy ese, el guardián de todos los hallazgos. No puedo confiar en nadie, mucho menos en mí, porque soy capaz de cambiar de rumbo como lo hacen los vientos allá en el cabo de Hornos, en el estrecho de Magallanes.

Torcida rama de un abigarrado árbol que busca distinguirse para sí misma. Buscando en la penumbra la luz de un sol que la encandile. Miserias humanas, apológicas rapsodias.

Los Cristos de mi alma. Crucificados en hileras sangrientas, escupidos y blasfemados. Se sientan en la última cena reparten el pan, sirven el vino y los comensales los ignoran. Todos son Judas  para eso los he adulado.

Perdón pues al sagrario, no cumpliré una vez más con tu desmesurada ristra de buenas acciones para eso tengo esclavos que se sirven de mi sangre, sin saber que es verde veneno que esputa mi alma amarga.

  Dios, mis amigos actores, aplaude desde lo alto esta excelsa tragedia  que como las de los Helenos, le da un fin a la hermosa arquitectura de los anfiteatros.

Juan David Porras Santana