11 jun. 2015

CARTA DESESPERADA



                                                       
Confieso cierta inquietud cuando quiero decirte te amo. Nunca antes amé, sus símbolos me eran ajenos y extraños. Me decías que era mi magín que superaba con creces los eventos más elementales y sencillos para hacer que mi laberíntica  existencia fuese inexpugnable.

La alineación de los astros me invitaron a ser valiente, a no temer a tu rechazo, por el contrario tratar de encontrar en tu regazo, el descanso de este mártir que entre tus labios se adueña de tu voluntad por largos y estuosos momentos, en los que llegas a pensar que soy, otro, un amante avezado en la lides del Marqués de Sade que trata de convertirte  en esclava de bajas pasiones.

 Te cuesta reconocer en mi al pervertido que te lleva a dudar de lo moralmente permitido  y que jugando al abismo, esa noche le das acceso para sentir el vértigo de los orgasmos estimulados por apetitos que dentro de ti, yacían dormidos y  que a la voz de mi desenfreno, abandonaron como pérfidos pájaros,  las jaulas de tu cautivo imperio y sobrevolaban nuestros más frenéticos y ocultos deseos.

¿Lo piensas o lo imagino? Será  que trato de reproducirte en cada instante, como si a través de ti respirara y de ti dependiera que mi corazón siguiera latiendo y mis ojos miraran mediante los tuyos un nuevo horizonte y un granate crepúsculo dónde el beso es un ave que se posa en una verde palmera exorbitante.

Nudo Gordiano que cierra mi oportunidad ganada a pulso ¿Cuál es la razón por la qué insistes en aislarme? Una gitana me habló del influjo que sobre mi pesaba de un amor oscuro, olvidado, renegado.  Me reí, hoy que me siento tan dueño de mí, armado del mayor valor, se doblan mis rodillas, una desazón plúmbea invade mi espíritu y me recluyo cabizbajo y meditabundo al inframundo, dónde siempre he morado. Me haces pensar gitana que no te has equivocado.

Allí en las eternas sombras, recuerdo el álgido momento cuando mi acuario hizo agua y la belleza moría junto a mi corazón perturbado. Todo estaba perdido. Dios que liberación caer y no volver a levantarse, dejar ser y pasar. Fluido del universo todo que te adueñas de mí y me recuerdas  que el esfuerzo y las ganas son banales. Que un zángano goza libre y sin culpa. El denodado cree merecer por su esfuerzo el premio dorado. En el reino constelar tales categorías son deleznables.

Bajo de mis ínfulas, comienzo a reptar y descubro que para amarte y ser aceptado, sólo tengo que estrecharte en un abrazo constrictor hasta que desfallecida, pueda engullir tu alma, porque tu cuerpo yace  de placer, como la copa de Baccarat que se hace trizas en la placentera lujuria de la oscuridad.

Juan David Porras Santana