16 abr. 2014

MEMORIAL DE MIS TRISTES TARDES




  A César Vallejo  que me demostró que la alegría y la tristeza van de la mano

“Yo nací un día que Dios estuvo enfermo”
                      César Vallejo

Columbré desde que descubrí  el primer ocaso
Que mi vida sería una caída repleta de oportunidades
Mi melancolía crepuscular se tornaba alegría en el alba
Cuántos desafíos, breves hazañas, sueños prodigiosos
Que en la tarde proteicamente eran los cuervos de Poe

Descender por las abruptas paredes
hasta el fondo del Farallón Centinela
y al ascender ya sin aire, sentir la luz del sol
y el viento fijo que reanimaba a mis pulmones
Esa misma noche sentir miedo de lo desconocido
Maldita ansiedad, te permití apoderarte de mí

Más nunca supe  del sosiego del alma
Del reposo del guerrero
Por eso arrastro  estos grilletes
que  desguazan mis quimeras
Y me regresan aquel tímido ser
que nunca supo abordar a una mujer

Cuánto susto bruto se agolpa en mi mirada
Cuantas mujeres desconcertadas
huyen desconsoladas
A cuantas he perdido
por lo que llamo una corazonada
que no es sino el silogismo de la anticipación
del que a propósito  fracasa

Amanece y me invade el otro,
la ballesta de Guillermo Tell
Seguro de sí mismo  va y corona en cada esquina
Dobla con sus poderosas manos
al que se le ocurra pensar mal de él
Caminar con él es montarse
en la montaña rusa anulando la ley de la gravedad
pero pronto se desinfla
y se ahoga con su propia saliva

¿Qué engendro creaste Dios?
Uno que siempre les recordará
que la alegría y la tristeza van de la mano
a veces tan drásticamente
como  Dr. Jekyll and Mr. Hyde

Juan David Porras Santana