6 abr. 2014

AL AMOR QUE ESTÁ POR VENIR




                                                 

Las primeras señales pasaron desapercibidas, aun para el alma más sensible.

No eran para un hombre de este mundo, ni para el de otro, simplemente eran oníricas tentativas
que se perdieron como palomas mensajeras cuando el norte magnético de la tierra se mueve apenas decimas de grado. Nunca llegaron  a su destino.

Tanto el destinatario como la remitente  estaban perdidos, tratando de definir que es el amor. Triste misión, también perdida por ambiciosa y ociosa.

Para sentir la luna los primeros usaron la contemplación perpleja como lo siguen haciendo los enamorados de hoy.
Cuántos se embarcan en la tarea ímproba de hacer estudios superiores de letras para hacerse escritores y son incapaces después de años de estudio de articular decentemente un dístico.

Un mañana gris una paloma obscura llegó. En sus alas había sal marina, se podía sentir en su plumaje la incidencia del viento y la espuma, esta ave había atravesado un océano para llevar su mensaje a su destinatario.

Era tal la criptografía del mismo que sólo se podía colegir, en el trazo sublime de su caligrafía   que había sido hecho por una apasionada  y sublime mujer.

Transcurrió tanto tiempo desde aquel único mensaje  que el joven destinatario pasó del albor al crepúsculo, había cometido el error de esperar, así que su corazón se envejeció y se hizo plúmbeo, opaco y sin eco.

Se dedicó a escribir todo el proceso amoroso que lo llevó desde la expectativa hasta el ocaso.

Sus versos, aun cuando él quisiera esconderlos  en un lenguaje a veces contradictorio, barroco siempre llegaban al punto de origen, circunnavegaban su existencia de modo tan fiel que nunca los pudo contaminar con el espíritu de derrota que lo acongojaba.

Al otro lado de la espita que extrañamente los unía, la apasionada mujer, también maduraba en su desilusionado corazón pero a diferencia de él, nunca lo espero, por el contrario asumió que su amor crecería con ella y milagrosamente esa decisión la mantuvo indemne física y espiritualmente.

Una tarde fresca, dónde todo parecía que colgaba del viento, sentado en el malecón frente al mar avistó una mancha aparentemente de  peces que a  escasos metros se congregaba de manera súbita e inusitada.
Se zambulló para ver  que realmente era, para su asombro iba creciendo. Miles de hipocampos multicolores lo cercaban con armoniosas posiciones de aceptación.
La segunda señal después de tanto tiempo era inequívoca: tendría que cruzar mares para llegar a ella, quien lo recibiría con la amplitud, la calidez y el amor  con que hoy el mar lo hacía.  Así  un hombre que no supo esperar fue rescatado por  el amor que ella sentía  y con el que convivía.
De manera que esta historia de amor que apenas comienza, no se perdió en el universo por entropía .

Juan David Porras Santana