30 mar. 2014

CARTA DE UN COMPAÑERO A UNA COMPAÑERA.




                                                                                                  Descubrí que no soy disciplinado por virtud,
                                                                                                                            sino como reacción contra mi negligencia ;
         que parezco generoso por encubrir mi mezquindad
que me paso de prudente por mal pensado ,
 que soy conciliador para no sucumbir a mis cóleras
que sólo soy puntual para que no sepa cuán poco
                                                                                                   me importa el tiempo ajeno.”

                                                                                             “Memoria de mis putas tristes”
                                                                                      Gabriel  García Márquez


Cuando volaba ayer de vuelta a Caracas, sentí por vez primera,  que luego de una de las  tantas discusiones que tenemos últimamente,  no estaba triste. Me invadió la firme convicción que  tenía  desde los 8 años de edad: no me voy a casar jamás.

La razón para tal determinación es tan elemental que parece infantil: odio algo en las mujeres que a la vez es lo que me atrae de ellas; instintivamente pienso que el motivo de esta  pasión- odio, tan contradictoria, es la maternidad.

Necesito ser amado y protegido, porque como le dijera un Psicólogo maricón a mi amiga María Elena: “sufres de desprotección afectiva”, y creo que ese diagnóstico dio en el blanco, no en ella, sino  en mí.

Tú mi compañera me das todo ese afecto del cual carecí cuando era indispensable: en la primera infancia, y por eso estoy contigo, compañera.

Pero como madre del universo todo- eso es lo que la mujer cree que es-, te conviertes también en mi peor pesadilla: hurgas en mis entrañas para asegurar que hasta mi desahuciado hígado este bajo tu tutela; que mis pensamientos  solo  sean míos, cuando tú  censura inquisidora los condene y los lleve al garrote vil, o los absuelvas y me los devuelvas, santificados y redimidos.
  
Yo no sé vivir así, pero algo más determinante,  no estoy dispuesto a hacerlo.

Inteligentemente me has planteado en reiteradas ocasiones de que la naturaleza de la mujer es así: “Juanda, todas las mujeres revisan las carteras de los hombres cuando duermen; sus mensajes de texto y voz en los celulares; tienen espías en todas partes, ¿En qué mundo vives tú.?”.

Mi respuesta intima: en el mío, lleno de egoísmo y temor, con toques de fantasía y condimentado con pequeñas dosis de humor; un mundo labrado con las manos del miedo y de la imaginación, lo que lo hace extraño y ajeno, aun para los seres más amados y cercanos; esa mañana de ayer, sobrevolando la Margarita, supe que no podía ser de otra forma: Tu eres tú y yo soy así.

Es por ello compañera que te ruego me permitas mantenerme como siempre me has conocido, no puedo, ni quiero ser de otra manera. Tú lo sabes mejor que nadie, lo hemos vivido tantas veces, encuentros maravillosos que terminan en un cisma que pareciera insalvable pero que se repite como un círculo vicioso una y otra vez.

Mi amada compañera, creo que cada uno debe seguir su camino, ambos tenemos el deber y el derecho de SER y cumplir con nuestras respectivas misiones para alcanzar lo cada uno de nosotros tiene o no tiene en mente y alma.

Juan David Porras Santana