24 abr. 2015

LA GARZA PRISIONERA



A  Nemesio Marcano , “ homenaje póstumo el auténtico viejo y el mar”

La  noche previa al viaje,  ninguno de los tres muchachos pegó el ojo. La excitación de lo que verían  en aquella tierra incógnita, en aquel mar prístino de “la otra isla”, así se referían los propios margariteños al  territorio oeste unido a la transitada Isla de Margarita por el istmo de la Restinga, era demasiadamente arrecho –así hablábamos los llamados pavos de los años 70 en Venezuela–.

Éramos tres cagatintas con pretensiones de grandes exploradores.

No tardó en armarse el viaje. En los días previos habíamos sostenido una conversación con el que a la sazón era el campeón de pesca submarina del país, Claudio Scrosoppi, quién tenía una tienda de equipos de buceo y pesca submarina, nos había vendido unos fusiles –arpones– Cobra, marca Brasileña que él utilizaba y representaba.

Estábamos  en plena efervescencia -enfiebrados-  con ese deporte. Varias tentativas, en el litoral guaireño próximo a Caracas la mayoría fallidas, nos tenían al borde de la frustración, en el mejor de los casos llegábamos a casa con un par de catalufas, y hasta un pobre pez loro –creíamos incomestible- pero había que pescar. Extrañamente estos seres de sangre fría me generan una percepción sobre su cacería distinta a la que me puede producir  un venado de sangre caliente, al cual sería incapaz de matar. Mientras que un hermoso pargo rojo sorprendido en su cubil, arponearlo me produce un gran placer, así lo regalé después y no me lo coma. -Bocatto di cardenale- 

Esa tarde de agosto ya en vacaciones, le dije: -Claudio queremos ir a la Isla de Margarita, ¿Qué sitio nos recomiendas para pescar?. Sin dudarlo, en su español macarrónico –era originario de Italia- nos dijo: -Macanao; tiene piaceri pesquero molto buono. Pregunten por Nemesio Marcano y díganle que van de parte mía, el los sabrá llevar al incontro con la mejor pesca del mundo.
Como dije al comienzo éramos tres amigos, uno margariteño, no buzo sino músico: Fernando Millán. Inmediatamente nos dijo: -Macanao, ese es el otro lado de la isla, verga  pana yo no sé si hay carretera para llegar a esa vaina.

-¡Coño mejor! le dijimos: imagínate abriendo camino para llegar al Edén de la pesca, no joda.
Armando acaba de comprar un Renault 4, el cual había salido defectuoso de fábrica. Nos inventamos una de abogados y acusamos a la Renault en cabeza de su presidente en Venezuela de estafador. En la tarde teníamos una flamante renoleta roja  –así se les decía aquí-  que  de paso  salió todo terreno, que carro tan bueno. Sin perder tiempo cargamos los equipos, unas franelas y los  trajes de baño.  

Para Puerto la Cruz y de allí en el ferry María Cáceres pa’ la Aisla .

Llegamos a la casa de la abuela de Fernando en el pueblo de San Juan Bautista. Una población agrícola montañosa muy sabrosa para el buen vivir pero algo alejada del mar. Su casa humilde, llena de gente, primos, cuñados, nietos, bisnietos. Fuimos recibidos con honores y jodedera, llegaron los caraqueños gritaban y Fernando inmediatamente se mimetizo con la camada de primos y amigos.
Desde que llegamos el rostro de Armando se transfiguró: todo le daba asco, al punto que lo bautizamos  el “huele fo”.  Habíamos llegado acalorados y de inmediato quiso tomar un baño -no sé, imaginaría que podía darse un una sumergida en una bañera tipo Nerón y se encontró con un único baño para 30 personas que hacían cola y gritaban cosas como: ¡apúrate coño de tu madre que me estoy cagando!, ¡Coño! ¿Qué comiste hijo er’ diablo, basura?. Cuando al fin  le tocó el turno, aquello era un chiquero, hasta el perro de la casa se había cagado y meado, marcando territorio, justamente dónde estaba el tobo de agua que le correspondía a Armando, no solo no logró echarse la lata de agua sino que el perro bravo le mordió las bolas, seguramente confundido con las metras -canicas pero blanditas- con que jugaba en el patio.

Sin comenzar todavía a madrugar, ya estábamos listos para ir al encuentro con Macanao y “el Viejo y el Mar” Nemesio Marcano.

Empujamos la renoleta hasta la bajada para encenderla  en segunda y no hacer ruido frente a la casa de la Abuela. Reconozco este punto como algo paradójico, ya que en la morada se escuchaban ronquidos, yo diría rugidos, pedos de todo tipo, estruendosos, otros como un silbido, inclusive oímos decir a Ulises  -uno de los primos de Fernando-, ¡coñooo  primo que peo tan largo!, y este ripostarle:.-claro guevón si es a lo jancho me esfarata er culo.  

Así son nuestros auténticos orientales, desinhibidos, la propia FIESTA.
A la media hora ya habíamos pasado a la otra isla. De pronto el verde de San Juan era una inmensa sabana de desierto rojo salpicada de cactus, unos inmensos hasta de 15 metros de altura que los llaman guasábara. En el centro del desierto, sendas montanas llenas de vida contrastaban con la aridez reinante. Eran panes de azúcar, los habíamos visto en los libros de geografía, parecidos al el Corcovado que tiene en su cumbre el Cristo Redentor en  Rio de Janeiro.

De pronto, luego de la población de Boca de Río, el mar, uno que nunca habíamos visto, ni soñado. Olvídense de las playas de arena blanca y aguas cristalinas que van desde el verde jade al azul índigo de los Roques, o de la Costa Esmeralda Brasileña, éstas son aguas que llamaría del viento y  sal. Se forman en la costa contigua lagunas rosadas llenas de espejismo producto de la alta concentración salina. Todo esto contra el telón de fondo del azul del cielo más puro que la atmosfera nos pueda brindar, cruzado por la algarabía de las bandadas de loros margariteños -especie endémica-, y de pronto en la punta de un cardón, un turpial con el pecho naranja que hace parecer un espejo que refleja las arcillas rojas del desierto. El rojo cardenal, guayamate le dicen en la Isla, hace que toda la vibración del paisaje sea eléctrica.

Cada pequeño poblado era un escándalo para la mirada, los colores vivos de las casas de bahareque, las enramadas, los niños jugando con un rin  destartalado de bicicleta y un palito y nosotros en la renoleta roja con música de Deep Purple. Un escándalo para los pobladores que tenían meses si ver pasar un vehículo, y menos de ese color y con tres achicharronaos –afros- largos y flacos como los perros de Luis Buñuel.

En cada caserío preguntábamos ¿por favor señor por dónde tomamos para ir a Macanao?, ¿Conoce a Nemesio Marcano? E inmancablemente nos contestaban: esto todo es Macanao, ustedes van pa Robledar, que también le dicen Macanao, y Marcano somos casi todos y Nemesios está el de la purpería, er cojo, Chonchón, Macaurel, boca e muñeca, er Ñeco ……
Hasta que llegado el mediodía llegamos a Robledal -Macanao– y a la casa de Nemesio que quedaba en una pequeña loma y era rosado pastel. Allí nos indicaron que Nemesio estaba abajo en la playa sentado en la enramada.

Nunca olvidaré la estampa, la luz, la sombra de la enramada, la silleta con el periquito cara sucia y la patica quebrada. El rostro de quelonio del viejo, er ñame –la pierna hinchada por la elefantiasis-  los surcos en la faz hechos por el viento y la sal.
–Buenaaas.
-Buennass ripostó.
-Mucho gusto, soy primo de Claudio Scrosoppi –mentira- pensé que me allanaría el camino y el precio. No fue necesario.
-Mucho gusto Nemesio Marcano. Clauuudio, er asesino de la mar. Ushhh hombre pa’ bárbaro se zambulle a 30 brazadas ar rato sale con pargos cebadales, cunaros, cabrillas. Un demonio como sabe pistolear. ¿Ustedes también bajan tanto?
-Sí -dijo Armando categóricamente-, Fernando no es buzo, es músico.
-Ujummmm, ¿Te sabes una malagueña?  -le espeta el viejo-.
Fernando toma el cuatro y canta: No me obliguen que cante que no puedo, no me obliguen que cante que no puedo me duele el alma me duele el corazón, se me acabó el amor y el resuello el canto me oprime la respiración, ay no me obliguen que cante que no puedo.

De pronto estábamos rodeados de gente maravillada que unos mechudos salvajes, conocieran su música y además con el aire, la cadencia y el espíritu que sólo un Fernando Millán podría lograr. Termina de cantar  y  hay llanto en los ojos del  viejo. Sin gritar pero con resonancia recia dice: -Chicooo, ven acá: mañana con la fresca lleva a los muchachos a pistolear par bajo de las mucureras, pá eso hondo, ellos llegan no escuchaste, además son más jóvenes que Claudio.
Un apretón de mano selló el compromiso, había que estar a las 6 a.m. Con su mano inmensa de tanto faenar, nos señala un barco,  era un tres puños blanco y amarillo, dijo: -Es nuevo, lo van a estrená. Se llamaba: LA GARZA PRISIONERA.

La  noche previa al viaje,  ninguno de los tres muchachos pegó el ojo. La abuela de Fernando, nos había preparado para el desayuno a las 4 a.m una mesa pantagruélica, cada plato hondo, tenía de tapa otro plato hondo invertido, así que cada manjar era una sorpresa, Armando levantó la primera tapa, eran tripa e’ perlas guisadas , con la mala suerte -para él-  que lo que parecía aliño era una mosca muerta. Dio media vuelta y nos dejó el pelero, Fernando le gritó: -¡Mira guevón, vestido de cretona no vas a desayunar, le vas a hacer el fó a la abuela!.  Éste  le contestó de mala manera: -¡Los buceadores no comemos antes de bucear!. Con la misma se largó. Fernando y yo nos dimos el banquete, a cada tapita descubierta correspondía un sorpresa culinaria: carite en escabeche, erizos, pata e’ cabra guisada, caraotas negras, queso blanco rayado, cazón guisado. Nos comimos lo nuestro, lo de Armando y casi lo de los 30 familiares.

Cuando Armando pasó por nosotros, parecíamos dos peces globos. Nos montamos en el carro, y le pregunto: -¿Chamo y no vas a comer nada?; -Ya fui a Porlamar a una fuente de soda y me comí un sándwich de queso y un Yoka  (Yogourt )de piña.

Fernando y yo nos cagamos de la risa.

Apareció el mar, era otro, me trajo a la mente el verso Borgiano: Quien lo mira lo ve por vez primera siempre. Este mar en la medida que avanzábamos por la colorada carretera iba mutando, de pronto se veían cabrillas que lo rizaban por efecto de los Alisios del Este, otras veces eran galopantes olas llenas de algas, lo que auguraba mar de fondo y aguas turbias. Lo pensamos pero no dijimos nada, todo tenía que salir como lo habíamos soñado  ninguna condición adversa iba a cambiar el optimismo de nuestra aventura.

Ya llegando a nuestro destino vimos el imponente morro de Robledal  y en la playa a Nemesio dando instrucciones a la tripulación para que la GARZA PRISIONERA, estuviera a punto:
-¡Ireneo pon este cabo en el botalón de proa, junto a la cadena del ancla!. ¡Chico purga el motor!. ¡Matilde avíspate, ya la gente llegó!.

Saludamos con afecto que fue correspondido con un silencio que lo decía todo, era un especie de rictus de los marinos que se toman la salida a la mar con toda la seriedad y solemnidad, pero sobre todo respeto hacia aquella entidad impredecible que hace que la vida de todos los días sea una aventura.

Chico –Francisco-, hijo mayor de Nemesio, era el capitán. Irineo el menor junto a Matilde –sobrino criado por Nemesio-, los marinos. De repente, Chico grita:
-¿Y qué vaina es esa?, refiriéndose a Armando que llevaba un traje de buzo.
Armando le contesta casi con flema inglesa: -un wetsuit.
-¡Coño! ¿Y para qué es eso?
-Para evitar el frío. Le contesta Armando.
-Carajo nunca vi a Claudio con uno de esos y el duraba en el agua más de seis horas.
Armando contestó: -una actitud poco profesional, típica de los que se creen hijos de Neptuno.
Irineo y Matilde se ríen, y dicen sottovoce: -Eso deber ser como hijo der diablo.
¡Vayan con Dios y la Virgen del Valle! se despidió Nemesio desde la orilla; tenía tiempo que no salía a pescar por la pierna totalmente inmovilizada por la elefantiasis.
No habían transcurrido más de 15 minutos de haber zarpado cuando Armando me dijo al oído: -Coño Juanda me siento mal, estoy mareado.

Le contesté: -Que cagada. Recuéstate en proa, mira fijo el horizonte y se te pasa.
 Chico disfrutando en el timón de los chistes de Fernando, no se había apercibido del estado de Armando, le dice a Fernando:
-Compae, Armando debe ser la verga en esto de pistolear. Coño ¿Le viste el traje de buceo?.
Fernando le contesta: -La verdad que esta es mi primera salida a pescar, no tengo idea.
Habían transcurrido dos horas de navegación, la tierra no se divisaba por ninguna parte. El mar batía sus olas por los costados, la proa y la popa del barco. Estaba de color verde ciego –imagino así el fondo de la mirada de un ciego-. No sólo era la turbidez del agua sino la profundidad.

De pronto grita Chico: -¡Tira el ancla Irineo que llegamos a las Mucureras!.
Armando ya había vomitado el Sándwich de queso y el Yoka de piña varias veces. Cuando Matilde lo sacude y le dice: -Prepárese que ya estamos en el sitio. Armando se voltea y le regurgita una agua pálida como su rostro.
Matilde asombrado grita: -¡Este hombre esta out!.

-¡Coño!, dice Chico, -La carta fuerte de la pesca der día. Tírate tú flaco, señalándome. Al fondo los polos, las malagueñas y la risa de Fernando: -Yo de este peo no sé nada.

Me lanzo al agua, hago la hiperventilación más profunda y sostenida, rompo el espejo de agua y comienzo a descender. El agua turbia no me permitía ver más allá de un metro, bajo y bajo y no veo ni el fondo, ni a los pargos cebadales, cotorros, guasinucos, no veo un coño, ya no tenía aire en mis pulmones y subo desaforadamente. Lo primero que veo al llegar a la superficie es la cara de Chico que me pregunta: -¿Y entonces?

 -Coño yo no vi ni el fondo y mucho menos peces.
Chico dice: -Si apenas son 16 brazadas, ésta es la parte más baja del cirial.
Como para consolarme me dice: -Bueno la verdad es que al agua esta turbia. Pero mira, una tintorera, un tiburón muy agresivo que estaba merodeando la zona. Esa es una buena señal. Aquí hay pesca.
En efecto. -¡Matilde, Irineo, saquen el palangre vamos a probar!.
En 5 minutos una línea unida a dos flotadores de más de un kilómetro de largo, de donde colgaban cientos de anzuelos flotaba sobre el mar. Ahora sólo hay que esperar. Nos alejamos del sitio y a la media hora regresamos y comenzó la fiesta.

Con una destreza nunca vista comenzaron a recoger la línea de un kilómetro de dónde pendían los anzuelos con las capturas o no.

Armando semi muerto en cubierta se perdió el espectáculo de ver a esos dos niños como recogían en una cesta, dónde iban enrollando  la línea e iban adivinado la especie que venía: COROCORO BOCA COLORÁA, PARGO CEBADAL, MERO CABRILLA, AGUADERA, TIBURÓN – LO SACABAN, LE DABAN CON UN MAZO EN LA CABEZAY SEGUÍAN-, RAYA, CAZÓN, MEDREGAL, CARITE LUCIO… se llenó la cubierta del barco de todos los colores y formas. La mar nos había entregado sus alhajas.

Chico se volteó y me dijo: -Allí estaban, tu no los veías pero ellos a ti sí.
Enfilaron proa a aguas protegidas, llegamos a una playa espectacular, Punta Arenas. Irineo tomo un Coroco Boca Roja, lo escaló en un minuto, prendieron un reverbero de alcohol, una olla con agua, una cabeza de ají, el pescado fresco y harina PAN para hacer un funche encima del sancocho. Aquello sabía a gloria.

Armando en cubierta todavía no se reponía e Irineo le llevó un tazón de aquel dionisíaco sancocho. Sr. Cousteau  -en joda- pa’ que coma. Armando se le torcieeron los ojos en redondo y solo llego a articular una agüita. Fernando, improvisando en un polo decía: y Jacque Costeau vomitó pedazo de ñame, ocumo chino, la butifarra catalana jajajaja.

De vuelta, Nemesio en la playa nos esperaba. Cuando vio bajar del barco kilos y kilos de pescado, dijo: ¡Virgen del Valle!, ¡Estos son más arrechos que Claudio! -Tuvieron que bajar a Armando entre dos- ¡Pobre, dijo el viejo debe haber quedado exhausto de mayor esfuerzo!.
Cuando le contamos que toda esa pesca era de sus muchachos, con cariño nos abrazó, y dijo: -Eso a veces pasa, ya matarán tanto pescao como quiera la Mar.

Venía la pregunta embarazosa: -Cuánto le debemos Nemesio; y contestó: -La mitad de esa captura es de ustedes, con lo demás se paga er gasoil.

Fernando tomó su cuatro y cantó: La garza prisionera no canta
cual solía, cantar en el espacio sobre el dormido mar, (Bis) su canto entre cadenas es canto de agonía por qué te empeñas, pues, señor su canto en prolongar.

Ahora, éramos nosotros los que llorábamos conmovidos por haber conocido al verdadero Viejo y el Mar.   

Juan David Porras Santana