26 abr. 2015

APRENDER A SER HUMANO ANTES QUE HOMBRE



                            

Quiero hablarte a ti, ensueño.  No quiero jugar más para eso no hay tiempo. Volví la mirada y el camino que vi era una sinuosa cárcava dónde iba dejando mi pellejo.

Nunca estuve más allá del peligro de mí mismo. Quiero vivir el albur del que no tiene nada, ni a nadie.  Abrir camino dónde reina la densa maleza y la inesperada ponzoña  de la tigra mariposa.

Quiero sentir que cada minuto que viene lo he parido yo. Que duele y duele más. Solo me acecha en cada recodo la mayor incertidumbre.  Sin desasosiego, sin palpitaciones inútiles. Mi mano es fuerte, mi mente lúcida, mi corazón  es mi coloso.

Déjame vibrar  con las señales que me advierten que el camino es duro.  Sin esperar a cambio una llegada triunfal, ni el descanso del guerrero, ni el sosiego del alma. Quiero que por seguir las advertencias pueda andar   y aprender sin necesidad de detenerme en algún recodo de ese inhóspito camino

Hasta asimilar que lo inhóspito era una enfermedad que yo introduje en mí para no asumir mí libre albedrío.  Ser la causa de todo lo vivido y no una permanente consecuencia de no haberlo hecho

Nado y no volteo a ver que detrás de mi estela están la playa blanca y delirantes palmeras. Solo al frente un crepúsculo rojo y verde que me tragara y me hará noche en altamar, arriba la bóveda celeste tirita de frio mientras mi sangre bulle tan caliente de nadar y nadar

Soy naufrago por voluntad, me escondo cuando  oteo en el horizontes barcos que me buscan tenazmente. Querer, querer tanto que pueda dar lo que no tengo

Rugen los vientos más allá de lo austral de la Tierra del Fuego, mi velero es empujado por fantasmagóricas ráfagas y  murallas de agua que dejan caer desde sus crestas, toneladas de agua sobre la cubierta y mi alma se mantiene seca y enhiesta

En la mazmorra más cruenta aprenderé que la vanidad del hombre tiene límite de vértigo

Una blanca hamaca de tejido tan fino, acomoda  y abraza nuestros cuerpos como si fuera Dios.  Allí me permites tomados de las manos, llorar por la felicidad que me ofrecías, mientras yo creía que lo hacías para herirme  

Juan David Porras Santana