30 oct. 2014

UNA ROSA ENTRE DOS ABISMOS


                      

 Te he referido en alguna ocasión que el problema más difícil que tenemos los humanos es deslastrarnos de nosotros mismos, creo recordar  que te mencioné al respecto la hermosa frase  que pronunciara Miguel Ángel en un acto de desesperación porque no lograba terminar una de sus maravillosas esculturas: “Señor, líbrame de mi mismo  para poder complacerte”.
 Igual sucede con el amor: tanto más amor se tiene y se entrega, mayor es la reconcentración del “YO” y más difícil librarse de uno mismo para entregar lo mejor al otro, al ser amado. De manera tal  que lejos de propiciar el acercamiento, nos distancia porque se produce una ruptura entre las identidades de los seres en cuestión. El “YO” es tan poderoso que inventa al objeto amado, el cual nunca coincide con el verdadero. Veámoslo con mayor claridad: Yoli se inventa un Juan David  y éste hace lo propio, inventándose una Yoli; así que cuando Juan David entre en acción, Yoli no lo reconoce, inclusive comienza una pugna: ¡pero este no es el hombre del que yo me enamoré!, y en efecto el que tienes en mente te lo imaginaste, el de carne y hueso nunca lo conociste, fue sustituido por tu ideal, de la misma forma le ocurre a Juan David. Están parados el uno frente al otro y los separan dos abismos. Lo que hace que el amor sea un imposible.
  Por ello he querido tender un puente para cruzar los dos infranqueables abismos, única forma de expresar solitariamente el reconocimiento del otro, como si fuese un faro que no conduce a puerto pero le trasmite al otro la extraña emoción de saber que existe, no sólo desde sí mismo, sino también desde la perspectiva del otro que lo mira desde la otra orilla; ese puente son estas rosas que incandescentes en su secreto arden en lo insurrecto de nuestros ajenos instantes.
Juan David  Porras Santana