29 jul. 2014

LAS MANOS DEL ASOMBRO



                                        

                                                         Para Ella la platónica de la adolescencia

   Aquellas tardes inagotables, ya no las hacen así.

 Casi reptando entrabamos a un mundo donde nuestras limitadas realidades, serían ampliadas, amplificadas y reemplazadas por los milagros de aquel pasadizo de la casa de Ella que por el norte la franqueaban. Hablo de milagros en el sentido de lo real maravilloso que definía Carpentier: Una alteración inesperada de la realidad.

 Porque eso era lo que ocurría allí. El universo Ella era un universo paralelo- ahora que está de moda el Multiverso III, y ya para aquel entonces, ellos lo habían descubierto- Con un “Big  Bang” similar al del cosmos, los adolescentes proclives a  los placeres solitarios entre los que me encontraba yo, fuimos testigos de excepción, como le ocurrió al satélite  COBE de  "oír" los vestigios de esta gigantesca explosión primigenia. Su detonador: Ella.

 Su magnetismo llenó a Santa Marta, -esa pequeña pero infinita urbanización- de lo inimaginable: patines, patinetas, tambores, furrucos, cohetones, martillos, tumbaranchos, misas de aguinaldo, convites, motocross. Pero lo real maravilloso estaba  como dije al principio en el interior de aquella casa.
 Impulsados por el poderoso aroma de la jalea de mango que se irradiaba por todo el vecindario. Nos preparábamos a reptar por el pasadizo norte, ya que las reuniones en torno a la cocina eran multitudinarias y evitarían que fuésemos descubiertos.

  Era una invitación tacita  la puerta de madera tan fácil de atravesar, como las batientes de los bares de los pueblos del Oeste. Una vez adentro nos topábamos con las primeras mangas, jamás he vuelto a ver y oler frutos como aquellos. Su accesibilidad era fuente entre nosotros de asombro, a escasos centímetros del piso colgaban como rubíes y esmeraldas aquellos injertos que con delicadeza arrancábamos, y aun así los frutos superiores donde comían los turpiales, capanegras y arrendajos comenzaban a gotear. Cada  árbol mantenía su individualidad y nuestro paladar así los fue distinguiendo hasta hacer un inventario pormenorizado, sustituyendo sus nombres verdaderos por una inagotable nomenclatura de relaciones: Mangifera altissima, Mangifera andamanica, Mangifera applanata, Mangifera austro-yunnanensis, por manga papo de la reina, mango piñata, mango piña, mango aguacate, manga las tetas de abuela de lázaro- en honor a la abuela de 102 años de Pepúo Cerilla, uno de nuestros gandules de origen español –

 Con la sonrisa amarilla de tanto mango comido para la cabañita nos íbamos a echar una siestecita en una espléndida hamaca. La calidez, la armonía el buen gusto de este rincón tampoco lo he vuelto a sentir. Un caballete en el que reposaba una pintura que  nunca se culminó o era tal la producción que siempre estaba a punto de…

 Todos amábamos a Ella  pero era inalcanzable. Sus amistades y pretendiente eran vistos desde nuestra dimensión como “Tierra de Gigantes” Hombres fornidos, con motos, carros de carrera y nosotros enjutos, feos-  creo que yo era el más- y tímidos con 13 años promedio de edad, nos hacía unos nerds de la época, sin ninguna opción. Ah pero la magnificencia de Ella nos hacía sentir hombres tomados en cuenta, así de prodiga era su generosidad, al punto de declararle mi amor a ella y a los cuatro vientos. Siempre esa femenina y comprensiva sonrisa la llevo grabada como si fuese hoy.

 “Ese gordo viejo que va allí es el gebo de tu princesa ojos color turquesa Juan David, me decían mis amigotes”- si me vieras ahora ese gordo es un niño de Biafra-. No hombre lo que pasa es que tiene un enduro 360, y ellos me ripostaban pero ella también. Qué período tan poderoso es  la adolescencia, no entendemos nada pero todo nos pertenece.

 La tournée terminaba en un pequeño cerro detrás de la casa, también sembrado y que algún tiempo después descubrí que desde el mismo podía observar- hoy bucear, ayer cachar- a Ella bañándose como Popea Sabina, interminable, sensual, inmortal y divina. Qué poder. Gracias Ella, inocentemente e inconscientemente y a distancia, me diste lo que pocos adolecentes reciben, el poder descubrir el eterno femenino, la belleza y la sensualidad de la manera más sutil: sin proponértelo.

                                                              Juan David Porras Santana