3 jul. 2014

EL INAGOTABLE PLACER




Cuando creí agotado el celeste,
Turquesa estaba en mí
Seda, terciopelo, boca de algodón
Migraron las aves hacia el ignoto sur
Era nuestro momento, todo volvía
El cielo trataba de imitar al mar
No lo lograría de allí su tentativa glacial


Por un buen rato
serpenteamos, buscándonos
Imitando a lo animal
pero con tal conciencia que desistimos
¿Tiene qué haber una forma nuestra?
Ya todo lo anticipamos hemos perdido naturalidad
Se ve tan vacío como cuando
en una tribu aborigen te incorporas a danzar
Yacen sobre el piso
las hojas desprendidas del Kama Sutra
Nada cambia parecemos
dos condenados a cadena perpetua 


Cuando creí agotada mi escritura,
llegaste, desesperanza
Traías entre tus brazos
una creatura que no reconocí
La deje unos días olvidada,
¡oh sorpresa,  la aquilate!
Fluían síncopas ,
los sustantivos buscaban sustantivos
Adjetivar se borró de mi mente,
granito al descubierto
Mi rosa náutica giro hacia el  naciente


Apareciste tú,
me sumergí en ti , reanimado
Me enseñaste
que la perversión también conduce
Que no es un camino truncado,
sino prohibido
Sólo necesitaba mudar de piel
Como lo hace inmancablemente
La venerada  sierpe dorada


¡Cuánto placer guardabas!
naufraga de tantos amores fallidos
Fuiste tan lejos
que las voces del recato eran inaudibles
Sola quedaste, ninguno te acompañó
en la caída libre por el barranco
Te atajaron mis ansiosos brazos
y te devoraron mis ojos
Que insaciables te recorrían,
se repetían y jamás se cansaron
Tus corvas en mi falo
producían concentraciones de sangre y fiebre
Tus senos por fin
borraron de mi memoria lo originario
Eran para manipular, besar, morder
sin esperar nada a  cambio
El desahucio era la máscara
con la que mi ser clamaba piel

La perversión  contigo
no era fantasía, era lo punzo penetrante
Lo que está allí  y no lo reprimes
sino como un perro bravo que ataca
Lo azuzas contra tu amante
Las consecuencias son tan impredecibles
que te excitas , jugadora de naipes
Tu perro bravo no me suelta ,
y mientras más colmillos más placer
Un juego sádico que termina
En un éxtasis  masoquista

Juan David Porras Santana