19 sept. 2013

EL CONTINENTE NEGRO



                                   


                                   
                                     Por la libertad plena  de las mujeres ¿ La querrán?

   El “continente negro” no es negro ni inexplorable: aún está inexplorado porque nos han hecho creer que era demasiado negro para ser explorable. Y porque nos quieren hacer creer que lo que nos interesa es el continente blanco, con sus monumentos a la Carencia. Y lo hemos creído. Nos han inmovilizado entre dos mitos horripilantes: entre la Medusa y el abismo […] Nosotras las precoces, nosotras las inhibidas de la cultura, las hermosas boquitas bloqueadas con mordazas, polen, alientos cortados, nosotras los laberintos, las escaleras, los espacios hollados; las despojadas, nosotras somos “negras” y somos bellas. (Cixous)

Freud, que centró todas las fuerzas de su intelecto para desentrañar a la víctima hombre de una victimaria mujer llegó sólo a superar  de su gran elenco de fobias una sola: su fobia por los viajes, dejando incólume sus otras muchas fobias y  su gran neurosis: las mujeres. Utilizando como buen escapista, el recurso más simple, nombrar al problema con un calificativo misterioso e incógnito: la mujer es el continente negro.

Hace poco tiempo escribí un poema intitulado μαζνἈ (Amazona) dedicado a la mujer, lo único realmente inquietante. Pudiese desprenderse por el título y la dedicatoria que comparto la visión freudiana del “Continente Negro”; nada más alejado de la realidad, aun cuando  confieso que la metáfora “Continente Negro” que puede tener muchos significados- esa es la intención- me parece acertada,  poderosa e intuitivamente cierta.

¿Qué quiere la mujer? Para Freud era todavía una pregunta sin respuesta, para Nietzsche la clave estaba en la preñez. ¡Qué simplificación y que océano de superficialidad!
Ella quiere lo mismo que el hombre: transcender, ¿y esto que significa? Anoche la mujer me despejó la incógnita asumiendo e integrando la doble condición: hombre - mujer:
-Juan David, yo soy libre. Detesto cuando me encasillan o pretenden hacer de la desinformación un hecho-. Esas palabras encontraron eco en mí, en una interpretación dual.

Mi pasajero oscuro no la quería dejar libre, la quería para él ¿para qué?, devorarla incorporarla, asimilarla a mi ser o dicho con precisión a mi YO. El oscuro objeto del deseo estaba allí, pero más alerto y despierto su ser en sí. Transcendió y entonces se produjo lo inesperado: la mujer literalmente colocó su musculoso cuello en la guillotina,  me lo ofrendó en la convicción de que el camino que estábamos transitando era puramente ontológico y que nos conduciría al sempiterno ritornelo: el aliento de lo vivido y del porvenir quedaría justificado en un hecho clímax, sin solución de continuidad. Me demostró que somos unos perseguidores- tipo Terminator –donde lo perseguido ya sucedió,  pero para no cambiar la historia, porque es lo único que tenemos, debemos exterminar al ser nuevo, al emancipado, al libérrimo, de manera de preservar el misterio.

El sacrificio valía la pena, una vez más pondría su hermosa  cabeza de león en la picota como lo hizo William Wallace, el príncipe valiente decapitado después de gritar ¡LIBERTAD!  
   
                                                              Juan David Porras Santana