6 ago. 2013

CARTA DE AMOR DE UN LOBO COBARDE




Me enseñaste que la primera voz, palabra, mirada, era amor. Hoy la llevo conmigo como un escapulario que me recuerda donde hay o llevo amor, que  quien primero la precede eres tú, mi amor.

El sabor de nuestros besos, a veces no es de este mundo, ni de esta vida  nuestro amor lo precedía, es por ello que nos extrañamos de las parejas que se dicen: me supo a melocotón, a mí a yerba de limón, otros los refieren a lugares, sabe a Amalfi, a Córdoba, Hiroshima en primavera con sus cerezos en flor. Nuestros besos saben elementalmente a amor.


Cuánto amada mía me costó entender que para amarte y ser amado no requería demostrarte nada, y me he pasado una vida tratando de que veas en mí, al hombre fuerte, valiente, exitoso, conquistador que definitivamente no soy.

Mientras tú sólo esperabas que extendiera la invitación que sólo hasta hoy  te hice: amar por encima de todas las cosas, como si por sobre ellas tomásemos la perspectiva  que se tiene desde la cumbre más alta sobre el amplio valle de la vida.


Hoy que te abrazo con la fuerza y adaptabilidad con que se amarra un velero al muelle, siento  que flotamos ambos en el mar de Arabá, en donde se emerge sin necesidad de hacer ningún esfuerzo,  porque es amor, que no pide nada a cambio, por eso es amor. Todo en esta vida requiere de sacrificio, habilidad, entereza, persistencia, nada es una concesión graciosa, todo es dar para recibir.


Cuando me enseñaste que lo primero era amor, no imaginé el alcance de tu entrega, porque siempre hasta hoy pensé que tenía que devolver a cambio algo que no era el mismo amor, sino un equivalente, en lo material, en el sacrificio,  en el pago por el favor recibido. No estamos acostumbrados a recibir, sin compensar, sin engañar.


Por eso hoy, cuando me tomaste de la mano y miré perplejo que el parque que siempre transitamos, se había transformado en una fronda verde que vibraba, que los pájaros ya no trinaban, cantaban que la brisa era refrescante y cobijaba como si fuese algodón, me di cuenta de que somos sencillamente amor.

                        Juan David Porras Santana