28 abr. 2013

PEDAGOGÍA DE LA COCO




He querido rendir un pequeño homenaje a la mujer madre .

 Discurría sin contratiempos la juventud adulta de mi madre, la Coco- mujer de una honestidad que no he vuelto a ver en mis 54 años- cuando decidió desprenderme de su falda para que aprendiese por mí mismo a reconocer  al mundo. Tendría a la sazón, no más de 11 años.

 Mis primeras aventuras fueron tímidas y tiernas: ir a pescar con una caña robada a uno de los esposos de sus amigas en Playa Grande. Para mi  sorpresa el sueño del pescador se confundió con la realidad: pesqué una palometa como de 2 kilos- lo más seguro es que fuese  de uno, pero los ojos de la infancia son un par de lupas- . Rompí la caña de pescar, -solamente perdí la plomada y el anzuelo- pero estuve los meses restantes de aquellas inolvidables vacaciones tan culpable como los asesinos de A Sangre Fría de Truman Capote: en mi caso nunca se descubrió el crimen.

Cada día crecía más mi osadía, las próximas vacaciones escolares- que eran infinitas- decidió el grupo de jóvenes madres, llevarnos a Tucacas. Las playas que colindaban con la casa vacacional eran de aguas turbias, sin atractivo. Las madres nos contaron a la camada de muchachos- unos 8- que al día siguiente nos llevarían  a un lugar hermosísimo, llamado Punta Brava, al cual en la época se accedía en peñero. ¡Qué emoción! Después de sortear unos inmensos manglares, desembocamos en lo insólito, en lo nunca visto por nuestros ojos inocentes y ávidos: las aguas coralinas y cristalinas de un caribe ignoto.

Tal fue la emoción que eran las 6 de la tarde y no nos queríamos marchar, les rogábamos a nuestras madres que nos dejaran vivir allí para siempre. De vuelta, los manglares se fijaron en mis retinas, y en la medida que nos acercábamos a la casa vacacional podía desde la carretera ubicar a Punta Brava, gracias a la marcación de los manglares. Luego de cenar los acostumbrados macarrones con ketchup y diablitos, me reuní con los otros niños con edades comprendidas entre los 6 y los 12 años para invitarlos a mi próxima aventura: irnos en la madrugada, cuando las viejas estuvieran pasando la pea- las viejas tenían 30 años- para Punta Brava, en un bote inflable que había visto en el garaje, todos se rajaron menos mi hermana Mariela, Marta Roca y su hermanito Ricardo de 6 añitos. Antes de que despuntara el alba estábamos en la mar con rumbo fijo a los manglares nos alumbraba una luna llena del tamaño de la tierra. Remaba, remaba y la corriente nos alejaba hacia la dirección contraria de nuestro destino, ya exhausto, decido a anclar para descansar y regresar, cuando uno el cabo de no más de 5 metros al ancla, el nudo que le había hecho era igual de malo, como con  el que hoy sigo  amarrando mis zapatos, por supuesto se soltó y se fue al fondo, a más de 40 mts de profundidad. Comenzamos el retorno, aun cuando lento, avanzábamos hacia la costa, al poco tiempo divisamos un par de peñeros que las viejas habían enviado a nuestro rescate. Los pescadores luego de subirnos y montar el bote inflable en su embarcación, nos increparon: estas aguas son traicioneras, infectadas de tiburones- siempre sospeché que la exageración de estos marinos  era para sacarles una buena tajada a las viejas-

Allí estaban, en la orilla como un pelotón de fusilamiento, después de los besos y abrazos a los menores, menos a mí- el artífice- se acercó María Cristina, la madre de Marta y Ricardo, y me dio una bofetada como la que daban los Franciscanos en tercer grado. Mi madre Coco, que hoy cumple años, no dijo nada, se me quedo fijamente mirando,  tratando de identificar en aquel muchacho, al niño que le tenía pánico al mar, asco a la arena y tuvo un buen día la honestidad de desprenderlo de su falda.    FELIZ CUMPLEAÑOS COQUITO, tu abuelo Juanda.   
21/09/2009 

 Coco Santana  de Porras y Juan David  Porras Santana