9 oct. 2012

MAYA

A los 18 años de edad arponeé  en Cabo Negro, Isla de Margarita,  un mero de 183 kilos.

Me sentí el gran cazador con un  trofeo gigante que exhibir. No me fue difícil, mediaban apenas 10 metros de profundidad entre mi victima y el espejo de agua que había roto para llegar a él.

Cuando lo lleve a la playa, aquélla mole inerte, me lleno de una  tristeza, que los pescadores locales y los bañistas no supieron comprender; todos me felicitaban y aupaban. Le obsequie la presa a los pobladores de Manzanillo, tal vez para exculpar la pena, que se yo.

 Al regresar a Caracas, indagué sobre aquel maravilloso pez. El asombro me invadió y un largo trago de arrepentido silencio sorbí: me enteré de que  crecía, a razón de un kilo por año, y que  los Mayas lo adoraban por ser estos Goliat, los grandes testigos de la mar, y por ello lo llamaban ITAJARA: piedra de la mar. Había matado a un ser de 183 años, le había robado un pedazo a la historia del viento y de la sal.

 A mi primera embarcación la llamé Itajara en su honor. Con ella navegué los bajos y ciriales donde a estos meros guasas, les gusta estar. He visto muchos de ellos desde aquel día; como el de más de 300 kilos, de la cueva de Uquire en la costa de Paria; cuando lo hallé, no encontré en  su mirada rencor pero en la mía permanece ese dolor  que solo se comparte con otro corazón de mirada remota, como la que los maya vieron en esta criatura  de eterno latir.

 Hoy vivo en Cabo Negro, como si el destino que ya estaba y era, me retrotrajera al encuentro de un remoto y abrasador ser.


Juan David Porras Santana