26 jun. 2016

EL SÁDICO ENCANTO DE LA BELLEZA



                      
“Al principio se hacía dar masajes por sus camaristas francesas; pero pensó un día que la mano de un hombre sería más vigorosa y ancha, y se aseguró los servicios de Solimán, antiguo camarero de una casa de baño, quien, además de cuidar de su cuerpo, la frotaba con cremas de almendra, la depilaba y le pulía las uñas de los pies. Cuando se hacía bañar por él, Paulina sentía un placer maligno en rozar, dentro del agua de la piscina, los duros flancos de aquel servidor a quien sabía eternamente atormentado por el deseo, y que la miraba siempre de soslayo, con una falsa mansedumbre de perro muy ardido por la tralla. Solía pegarle con una rama verde, sin hacerle daño, riendo de sus visajes de fingir  dolor. A la verdad, le estaba agradecida por la enamorada solicitud que ponía en todo lo que fuera atención a su belleza. Por eso permitía a veces que el negro, en recompensa de un encargo prestamente cumplido o de una comunión bien hecha, le besara las piernas, de rodillas en el suelo, con gesto que Bernardino de Saint-Pierre hubiera interpretado como símbolo de la noble gratitud de un alma sencilla ante los generosos empeños de la ilustración”
Del REINO DE ESTE MUNDO de Alejo Carpentier

Desde aquel naranjal  
la veía darse baños
como los de Popea Sabina
Ella sabía que la veía
y cada movimiento
era  premeditadamente lascivo

Sádicamente se excitaba pensando
en lo enhiesto y rojo de su miembro
y las insoportables ganas
que en él , producía su ritual , 
Oh agonía que él 
 desahogaba en onanismo compulsivo


En el fondo sonaba el Adagio de Albinoni
era el  transformador de la carne en alma
de la lujuria en amor de cerezos  en flor
que él guardaba celosamente en la memoria
Ella , sentía que un niño quería ser hombre
y los sentimientos eran aves en la lejanía

De pronto un hierro frío en su cabeza
Y la ira de un padre enardecido
Lo redujo a lo que realmente era
Un cagatinta con pretensiones de zángano

Así, con ese pensamiento yacía muerto
Inmediatamente sobre sus ojos
se posaron los azules cuervos
Que desprendieron sus ojos y de la retina  
devoraron con placer el sexo de Popea Sabina

Juan David Porras Santana