17 mar. 2013

OMNIA MECUM PORTO

Amenazados por el ejército de Ciro, los ciudadanos de la región en que habitaba el sabio Bias, huían despavoridos cargados con todas sus riquezas.  Increpado por la multitud, que le preguntaba por qué caminaba tranquilo, portando tan solo la túnica que lo cubría, Bias les respondió:   OMNIA MECUM PORTO: todo lo que tengo lo llevo conmigo.

 Esta divisa hasta no hace mucho tiempo, me había servido para tantas cosas: desde presentaciones en foros, donde no funcionó   el proyector de video, y tuve que exponer sin el apoyo audiovisual, hasta cuando viajaba solo y mi mejor compañía era yo mismo.

 Hoy mi soledad es  aparente, ya no se estar conmigo mismo; mi dialéctica interior es cada vez más pobre y temerosa, dependo más de lo que estoy dispuesto a reconocer del alter ego, por eso me convertí en Frankenstein: El mendigo agresivo del amor.

 Mis formas de agresividad, distintas a las del humano personaje de Mary Shelley, son tan sutiles que me deberían llamar el canciller de  San Valentín o el Cristo de la Bastille: quiero al prójimo como me quiero a mi mismo, tanto que  los quiero a mi imagen y semejanza.

  A diferencia de éste Frankenstein -yo-,  el otro que es  rechazado de manera real y no imaginaria- ambas con el mismo efecto-, una y otra vez, respondía con asesinatos, furia e ira, y con la valentía que manifiesta al final de sus días,  cuando le confiesa al capitán del barco que lo persiguió hasta la muerte de su creador: "No tema usted, no cometeré más crímenes. Mi tarea ha terminado. Ni su vida ni la de ningún otro ser humano son necesarias ya para que se cumpla lo que debe cumplirse. Bastará con una sola existencia: la mía. Y no tardaré en efectuar esta inmolación. Dejaré su navío, tomaré el trineo que me ha conducido hasta aquí y me dirigiré al más alejado y septentrional lugar del hemisferio; allí recogeré todo cuanto pueda arder para construir una pira en la que pueda consumirse mi mísero cuerpo." 

 Mis crímenes son más atroces porque no arrebatan lo que no me pertenece, sino lo que me ha sido dado como mi única pertenencia: mi vida; la cual menosprecio, la vendo como una ramera de Sodoma y Gomorra, ¡que digo!,  que ofensa para esas mujeres, ni siquiera lo hago por goce, sino a cambio de aceptación, y a diferencia del genuino “monstruo”, tomo conciencia de mis crímenes, pero no para arder en una pira, simplemente para jugar  al abismo infinito.

 ¿Encontrarás en estas palabras una respuesta a la inquietud que te acompaña cuando vas a dormir?
 Si , soy un perseguidor de mi sombra y un cultor de mis fantasmas. A mi lado te sentirías, como definió -creo que fue Liszt -al adagio de la sonata Claro de Luna de Beethoven: una rosa entre dos abismos.

                                                                                              
Juan David Porras Santana