5 mar. 2013

LUPITA

Para Gelsomina D´Ambrosio

Para mi asombro, descubrí en el reino animal la mayor manifestación de amor que haya presenciado: la devoción de una Chihuahua desvencijada, por su ama o amada Gelsomina, quien reciprocaba ese amor auténtico y genuino con el mismo apego y lealtad.

 Un día de los tantos que se llevó al veterinario para prolongarle la vida contra la fuerza de la naturaleza, ante el llanto inconsolable de Gelsomina le dije: nadie te amará como esa perrita, tal incondicionalidad no existe entre nosotros los humanos. Somos irremediablemente ególatras e inconstantes. Gelsomina me miró con sorpresa, pensando que eso era lo que ella esperaba de mí, y yo proteicamente lo transfería a un animal. Posiblemente tal pensamiento duró fracciones de segundo, porque de inmediato,  cambió  su mirada de estupor,  a una de afirmación contundente, que expresaba: tienes razón, tú me has hecho sufrir, ella jamás.

 De allí en adelante se repitieron una y otra vez los conatos de muerte de esta perrita que sólo conocía un amor y ante él, resucitaba, una y otra vez, como Lázaro lo hacía ante Cristo y al igual que estos: hacedor y beneficiario del milagro, eran revividos y redimidos los dos: amor puro como el agua del deshielo de un Iceberg azul.

 Llegué a pensar que en el tránsito de la animalidad a la humanidad, habíamos perdido un gen, una emoción o un valor que invertía la superioridad humana y convertía a los perros en los últimos relictos de la lealtad y la nobleza, tan necesarias para que el amor funcione. Pero hurgando en el pasado de Lupita, me di cuenta de mi error. Cuanto este animalito, de no más de 10 cm y aspecto de murciélago, llegó a las manos de Gelsomina, era realenga, feroz, insufrible y que fue su madre putativa, quien a punta de amor, cuidados y comprensión, la que la moldeo, al punto tal que sólo la reconocía a ella, y que seguía siendo una canalla , sin escrúpulos para todo aquel que se acercara al objeto de su amor.

 Amor es posesión, escribo hoy, un día triste porque Gelsomina tomó una decisión de amor, que sólo un humano puede ejecutar: sacrificar a la incondicional Lupita para que no sufra y no siga solamente resucitando  para satisfacer el ego de su ama, de su amor.
                                                                  
Juan David Porras Santana