7 dic. 2012

FRANKENSTEIN Y LOS DESIERTOS DE OCCIDENTE

Soplaba el viento que modela las arenas y los arbustos desde África hasta estas tierras, con  sostenida fuerza, pero desprovisto de toda ira.

Debajo de un cují de extendido penacho por efecto de los alisios del Este, estando sentada a mi lado me dijiste: Frankenstein, hemos mantenido un largo y cómplice silencio, basado en lo que tú crees saber de mí y lo que yo pienso de ti. Pensaste, extraña criatura,  que era suficiente tenerme en tu pensamiento, cuando sé que por dentro ardes en deseos de poseerme, como lo hace sin ningún ambage tu fiel compañero el hombre lobo en la infinita licantropía que ejerce sobre las púberes de las comarcas ajenas y distantes.

Es que acaso no te das cuenta que tu creador te hizo incompleto, obnubilado por su egocentrismo, Víctor no te supo dar lo más importante para un hombre: un fin.

Por eso deambulas dando tumbos, persiguiendo alegorías en un mundo de sombras, donde no puedes objetivar ni siquiera el acto ya consumado. Te recuerdo siempre con la mujer en brazos ya muerta por tu torpeza, sin siquiera haber acariciado su inextricable cabellera.
 
Pobre y desconsolado me respondes: que ultrajando al tiempo encuentras tu cometido.

Que el olvido de Víctor, se convirtió en tu ser en sí, desprovisto de la relación sujeto- objeto para transmutarse en la mayor de las hiperconcentraciones del YO posible: SUJETO - SUJETO.
 
¿Entonces para qué quieres besar mis pies griegos, anclarte en mi entrepierna y amarrarte a mis senos? Porque soy como Cronos, quien era feliz con la Reina Rhea, pero le pesaba una amenaza, a este Dios le habían predicho que sería destronado por uno de sus hijos y que este sería el dios soberano del mundo, fue entonces que decidió comerse a sus propios hijos. Se apoderaba de ellos, apenas nacidos y se los comía sin piedad alguna.

¿Y no es, acaso, lo que hecho a lo largo de mí peregrinar por la tierra, sus mundos y submundos; comerme sin remordimiento a mis hijos?

Victor siempre supo lo que quiso: crearé solo yo, como un Dios. Lo creado nunca será el otro, sino la pesadilla recurrente de ser en si mismo una y otra vez. Ya estoy harto de hombres capaces de ver en el creador su alter ego, solo los quiero conscientes de sí mismos sin repliques que justifiquen su existencia por aquello de: no estoy solo en el universo, también está el otro.

Me respondiste con la mayor frialdad: no sólo estás solo Frankenstein, estás condenado a tu YO. Recuerdas ese sueño recurrente donde el universo se dibujaba como un embudo que se iba haciendo más angosto en la medida que caías, y creías que llegabas a un punto final, y de pronto se convertía en un mar de calma, donde ibas a la deriva, hasta que un remolino te tragaba para volverte a depositar en el inerte universo de los muertos y resucitar, una y otra vez, en esa espiral que no sabes si es de vida o de muerte ¿Es que acaso habría alguna diferencia por el hecho de saberlo?
 
Juan David Porras Santana